Comunicación anacrónica

17 ene

Supongamos que estáis en vuestro cuarto tranquilamente, estudiando, escuchando música, leyendo o lo que sea… cuando de pronto, por la cara, se declara un incendio espontáneo. Todos nuestros efectos personales van a quedar carbonizados, reducidos a cenizas, todo perdido. Tras años y años de magníficos simulacros de incendio en el cole/instituto (jaja) hemos aprendido que debemos abandonar el edificio de inmediato, sin coger NADA material. Aún así, decidimos violar las normas de seguridad: vamos a arriesgarnos a coger una sola cosa de nuestro cuarto antes de salir por patas. Algo muy querido, que nos dolería especialmente perder para siempre. ¿Cuál sería vuestra elección?

El otro día se me ocurrió pensar en esta absurdez y yo enseguida lo tuve claro: un libro con pinta de incunable que tengo en mi estantería, que en realidad es una caja. Bueno, y una carpetita que hay pegada a él, de forma que podría coger las dos cosas con el mismo movimiento :P

En esa caja, aparte de varios papeles que conservo por motivos puramente sentimentales (la mayoría son entradas a monumentos, conciertos, exposiciones…), guardo aproximadamente una veintena de cartas. En la carpeta, unos cuantos folios en los que he ido volcando cavilaciones tan personales que ni siquiera tienen cabida en este blog, ni creo que le interesaran a nadie tampoco.

Como se desprende de lo anterior, siempre me ha gustado escribir, ya sea para mí o para otros. Especialmente a otros. Y en todos los formatos: email, sms, mensaje privado vía tuenti o facebook… y cartas. Sí, cartas. Correo postal de toda la vida, vaya.

Es verdad que la comunicación por esta vía se emplea cada vez menos por una serie de inconvenientes: el principal, el tiempo. Es mucho, muchísimo más rápido escribir un correo o hacer una llamada telefónica. Escribir una carta requiere sentarte un ratito, y esmerarte en la caligrafía… porque, por supuesto, las cartas siempre deben escribirse a mano y más si son personales (si yo recibiera una carta de este tipo escrita a ordenador, lo consideraría un poco una falta de respeto, la verdad). Requiere también acercarse al estanco y comprar un sobre y un sello. Por último, buscar un buzón: no siempre hay uno tan cerca como nos gustaría. Ah, y queda el hecho de que una carta no tiene la inmediatez de un correo o una llamada telefónica: dependiendo de las ciudades de origen y destino tardará en llegar uno, dos… o equis días.

Yo nunca las he usado como vía de comunicación principal, pero siempre me han encantado como complemento. Mi carta más lejana ha viajado hasta Stavanger, Noruega; la más cercana, a unas cuantas calles detrás de mi casa en Almería (tan cerquita, que directamente la eché yo misma al buzón de su destinatario). Entre medias Málaga, Granada, Madrid, Ciudad Real…

Reconozco también que soy bastante fetichista de la correspondencia postal, lo que se traduce en cumplir con una serie de detalles y pequeños rituales. Para escribir, prefiero usar pilot negro de tinta líquida. Aunque no es absolutamente necesario, me gustan mucho más las cartas en las que finalmente añado una postdata, aunque sea para decir una bobada. El doblez de los folios tiene que ser lo más perfecto posible. Los sobres autoadhesivos que venden en los estancos son mucho más fáciles de abrir para la persona que los recibe… pero a veces elijo uno de color o ésos en los que la solapa es triangular. Estos se suelen cerrar con saliva y vale, será todo lo antihigiénico que queráis, pero uno de los pequeños placeres de la vida es pasar la lengua por la goma de un sobre para cerrarlo. Ídem con los sellos, pero estos ya sí que son todos autoadhesivos y no hay que chuparlos (frustración por mi parte). Y finalmente… ¡el lacre! Ya de pequeña hice mis pinitos con él, aunque nunca lo usé para cerrar cartas: le pedí a mi madre que me comprara uno simplemente para saber cómo funcionaba aquello (y recuerdo un día de susto máximo en el que el fuego se me fue de las manos y casi quemo mi cuarto. Menos mal que tenía el baño cerca y pude llevar-aún no sé cómo-el papel en llamas hasta el lavabo). Pues para rizar el rizo, en el interrail que hice este verano por Portugal me compré un sello para lacre con mi inicial, en una tienda de antigüedades preciosa. Y ahora lo estampo a la más mínima ocasión, aunque en estos casos sí que es imprescindible un sobre de solapa triangular para que el resultado quede bonito.

Recibir cartas no se parece en nada a recibir mensajes virtuales. Encontrarte el sobre esperándote en el buzón, la calidez del papel, la letra de la otra persona… Todo cuenta. Y para mí, además, tiene un valor añadido: la absoluta privacidad. No es lo mismo que escribir en facebook o por correo electrónico, que a saber cuántos años se queda eso dando vueltas por la red. Con la correspondencia postal, sin embargo (por lo menos en este país), escribes carta-cierras sobre-el destinatario abre y lee. Y ni dios se entera de lo que has escrito ahí, exceptuando al destinatario.

¿Y vosotros, habéis escrito- u os han escrito- alguna carta? ¿Las consideráis una inutilidad en pleno siglo XXI? ;)

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Despidiéndonos del año

30 dic

Creo que estas viñetas de Mafalda expresan magistralmente el sentir general respecto al año nuevo que se avecina:

Mafalda es atemporal y sus tiras siguen plenamente vigentes en la actualidad, pero a veces me gustaría que Quino la resucitara. Sin duda, tendría muchísimo que decir acerca de la situación que estamos viviendo a nivel mundial. Porque con la que está cayendo…

En fin, que tengáis un magnífico 2012 todos =)

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El día que perdí la inocencia

19 dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

- ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

- Virginia…

- …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

- Virginia, creo que deberías relaj…

- … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.

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Resaca electoral

22 nov

El día de ayer, 20N (elecciones generalísimas, que decía un amigo), lo pasé íntegro en el colegio electoral como apoderada de IU (por segunda vez; me estrené en las municipales). Como ya es tarde y aún arrastro cansancio, sólo voy  a dar unas breves pinceladas sobre un día que dio para mucho.

Lo mejor: sin dudarlo, y como siempre, la gente. Y eso engloba:

- A mis compañeros apoderados de IU, con los que echaba ratitos de charla cuando la cosa estaba tranquila. Personas magníficas todas, de esas que te enriquecen cuando hablas con ellas.

- Bueno, los apoderados de otros partidos también fueron majos ayer, todo hay que decirlo (no queráis saber algunos energúmenos con los que coincidí en mayo¬¬).

- Mis amigos, que me fueron buscando por los distintos colegios por donde estuve, votaran allí o no, para llevarme víveres y hacerme compañía durante algunos momentos. Hubo incluso valientes que se quedaron al escrutinio y así acabaron de ver todo el proceso democrático. Gracias.

- Algunas personas que tras votar me guiñaban un ojo, o directamente se acercaban y me daban la mano, mientras decían “a ver si tenemos suerte, yo ya he puesto mi granito de arena”.

- Por supuesto, los 11 escaños de IU, toda una alegría. Y particularmente contenta por Alberto Garzón, buen amigo que dará mucha caña en el Congreso y hará que nos sintamos orgullosos. Estoy segura.

Lo peor:

- La pena y la rabia al ver a mucha gente colaborando y defendiendo a saco a unos partidos que no van a dar la cara por ellos. Nunca lo han hecho. Y creo que ya hemos tenido bastantes evidencias, pero hay personas muy “ultras”.

- El cansancio. Aunque mereció la pena, cuando dieron las diez ya estaba reventada, y aún faltaba mucho para acabar. Y eso que sólo tuve que llevar a la sede de IU las actas del Congreso y no tuve que esperar por las del Senado, pero con todo y con eso el día se hizo largo. Y había un presidente de mesa al que tenía ganas de matar, lo juro xD. Pero aguanté ahí con la sonrisa puesta (aunque fue menguando conforme pasaban los minutos, lo admito).

- La mayoría absoluta del PP… Ay. Ay, ay, ay. Estoy viendo que ya sí que no van a salir nunca las becas FPU y que jamás voy a tener un futuro laboral digno, a no ser que huya. Y me jodería bastante irme si fuera por obligación. La sanidad arrasada (especialmente las políticas de prevención, que son las primeras en caer), la educación (aún más) desmantelada. Adiós, ley de dependencia. Hola de nuevo, tabaco en sitios cerrados. En fin, nada me gustaría más que equivocarme, pero reconozco que hoy he tenido momentos de auténtico bajonazo. Pero nada, procuro sacudírmelos tan pronto como vienen. Hay que mantener el ánimo alto, IU seguro que lo va a hacer muy bien y la lucha tiene que continuar en las calles.

Bueno, y también hubo cosas que no sabría dónde englobar, como las veces que me dijeron “pero si tú eres demasiado guapa para ser de IU” (pues gracias, pero no sé cómo tomarme eso ¬¬); la cantidad de gente que no tenía claro lo de las distintas papeletas y me preguntaba lo que era el Congreso y lo que era el Senado; las horas punta y las colas inacabables (molaba ver tanta participación, pero al cabo de un rato agobiaba porque las salas eran muy pequeñas), etc.

La verdad es que es toda una experiencia, te quedas con un montón de anécdotas y vives el día de forma más intensa. Y bueno, la guinda ha sido coger el tren a Granada esta mañana. El de las 05.45. Con el autor de este blog, que fue uno de los que se quedó al escrutinio, así que también se llevó su paliza. A pesar de todo, hemos sobrevivido también al día de hoy. Pero ya sí que me voy a la cama; buenas noches.

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Trastornillos femeninos

30 oct

El jueves pasado fue un día que pasará a los anales de mi historia personal como “el día que me caí a la marmita del café mientras los estrógenos danzaban a mi alrededor”. O casi, a la vista de los resultados.

Todo comenzó cuando desperté por la mañana y desayuné una taza de café con leche. O más bien de leche con café, porque era de mentirijillas (soluble) y apenas si le eché una cucharada. Estuve haciendo cosas y al final de la mañana me senté a repasarme unos temas de Epidemiología mientras fuera diluviaba, muy idílico todo.

Ya en las últimas horas había estado teniendo las típicas molestias pre-reglosas pero sin hacerles mucho caso, porque ahora que he dejado de tomar anticonceptivos en mí no son indicativas de nada (ajá, bienvenidos al maravilloso mundo del ovario poliquístico). El caso es que estaba yo tan concentrada en lo mío cuando de pronto, por la cara, me sobreviene un ataque de llanto bestial. Al menos 10 minutos sollozando sobre el modelo determinista causal puro, sintiéndome profundamente desgraciada sin venir a cuento y también profundamente anormal. ¿Pero esto qué es?

Pues mi conclusión ha sido que se debe al síndrome premenstrual, que parece que está dando la cara. Como comentaba la otra noche con un amigo, yo siempre había creído que el SPM era más o menos un invento de la Cosmopolitan, aunque en la carrera lo haya estudiado incluso. Hasta la fecha, yo cuando tengo la regla nunca he notado nada en especial, fuera de la mala leche esporádica. Pero eso es porque duele (a veces), y no tiene nada que ver con ser mujer. Es como si te duele la cabeza, que no vas a estar sonriendo y feliz de la vida: estás de mala hostia y con ganas de fusilar a gente, sobre todo si hace ruido. Pues con la regla, igual.

Pero claro, cuando tomas anticonceptivos estás en una paz química que te hace no ovular, mejorar tu cutis facial y sangrar de mentira, porque lo que viene no es una regla auténtica. Mis hormonas han estado durante 4 años controladitas y formales, y ahora que no tienen amarre van a volver a lo que les mola, que es una vida loca de subidones, picos y bajones. De montaña rusa, en definitiva. Y como me vaya a afectar en el plano psicológico no me va a hacer ni puñetera gracia. Espero que haya sido algo puntual y no pertenecer a ese porcentaje “afortunado” de mujeres.

Así que nota para vosotros: si esta situación vuelve a repetirse en el futuro, disparadme o arrancadme los ovarios. Porque no veas qué agobiazo da sentirse impotente ante la tristeza sin motivo, víctima de tu propia absurdez mental.

Y a todo esto, más o menos al final de la llantina, empecé a ponerme histérica con síntomas que incluían taquicardia, ligero temblor y estómago totalmente cerrado a la hora de comer. Ahí entró en juego el amigo café. Voy a tener que hacer experimentos para averiguar cuál es mi dosis ideal, porque hay mañanas en las que me vendría bien tomarlo pero no me puedo permitir toda esa parafernalia. Me tomé una infusión de valeriana, me tumbé un ratito, me di una ducha relajante y nada. Me puse a hacer la comida para ver si me distraía (y porque de todas formas tenía que comer) y al encender uno de los fuegos el susodicho me vaciló y casi me quedo sin cejas. Aquello no contribuyó mucho a tranquilizarme, desde luego. Al final, una horilla antes de la presentación del máster, recurrí a toda mi ciencia y mi saber farmacéuticos (momento humildad) y ya por fin conseguí bajarme las dichosas pulsaciones.

Segunda nota para vosotros: nunca, nunca, NUNCA me dejéis echar a la leche dos cucharadas de café Hacendado. Eso, o ya vais practicando para bajarme del techo. Y me agarro con fuerza, os advierto que no es fácil.

En definitiva, he aprendido dos cosas: primera, que el SPM de los… ovarios no es un mito (iba a poner “de los cojones”, pero esta segunda opción queda más fina a la par que ajustada a la realidad). Y segunda, que el café en este estado no hace ningún favor. Al menos a mí, así que tomo nota.

P.S.1: Si habéis pinchado en los enlaces, ¿a que acojona leer todas las chungueces que se describen? Con estas cosas de las enfermedades y de los prospectos de los medicamentos conviene no emparanoiarse ni tomarlos al pie de la letra (por ejemplo, ni yo ni otras “poliquísticas” que conozco cumplimos con todo el perfil del síndrome, a dios gracias xDD).

P.S.2: De todas formas, eso no quita que si queréis información sobre cualquier tema de salud consultéis MedlinePlus, que es una de las páginas con información más fiable para pacientes que hay. En esto de la salud hay que trabajar con buenas fuentes, y no es muy aconsejable wikipedia ni otras webs que puedan contener inexactitudes.

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Los malos humos

26 oct

Por distintos motivos hoy estoy un poco que muerdo, así que cuidadín ;)

Esta mañana he ido caminando desde mi casa hasta la facultad de medicina. Como siempre, un poco más y me tengo que poner mascarilla anti-gas para poder salvar el trayecto respirando aire puro. El humo de los coches lo noto menos, porque yo voy por la acera y ellos por la calzada (aunque no por eso deja de joderme), pero el humo de los cigarros me mata. Aunque en fin, entiendo que se trata de la vía pública y no soy tan talibán como para sugerir que se prohíba fumar también en la calle, no va por ahí la cosa.

Las aceras de la avenida donde vivo no son muy anchas y siempre están muy concurridas. Juraría que más de la mitad de las personas con las que me cruzo van con un cigarrillo encendido, de forma que voy siempre envuelta en una neblina que me asfixia y me hace toser. Hay que sumar cuando paso al lado de una marquesina de autobús, donde muchísimos de los que esperan están también fumando, ahí en plan concentración. Me quedo con ganas de apagarles el cigarrillo en el ojo, pero me las aguanto, qué le vamos a hacer.

El factor clave que hace que las calles por las que camino sean un hervidero de gente (incluyendo a fumadores) es que en ellas se encuentran el Hospital Traumatológico (al lado de mi casa) y el San Cecilio (al lado de Medicina), y alrededor de los hospitales siempre hay mucho trasiego. Eso lo puedo comprender. Lo que no entiendo y me llena de estupor es el hecho de que también contribuyan al humo que respiro muchos médicos y trabajadores del hospital, que se paran a fumar a lo largo de toda la acera. Sin quitarse la bata. Ahí, con dos cojones.

Lo sé, lo sé. Los médicos, los enfermeros, los farmacéuticos, los fisios, los auxiliares… TODO el personal sanitario, por encima de ser personal sanitario, es persona (hasta yo : P). Y las personas nos caracterizamos por ser bastante incongruentes… porque en fin, hay que serlo para insistir en fumar después de la caña que te dan en la facultad con la nicotina, el alquitrán y el resto de porquería. Pero bueno, como digo somos seres humanos y nadie está a salvo de tener una pequeña adicción.

El problema es que, tal y como yo lo veo, cualquier sanitario tiene entre sus competencias la EDUCACIÓN SANITARIA, aparte de las labores puramente asistenciales. Y dime tú con qué cara les dices a tus pacientes que es mejor que dejen el tabaco si 5 minutos antes te acaban de ver fumando como un descosido en la puerta del hospital. Amigo mío, acabas de firmar tu sentencia para tener credibilidad cero. Porque la salud debe promocionarse con actos, no sólo con palabras. Jopé, que una cosa es que tu familia y tus colegas sepan que fumas y otra que le des ese “ejemplo” a tus pacientes (que te conocen únicamente como sanitario, no como persona).

Es como si ves a un bombero prendiéndole fuego tranquilamente a un árbol en la calle (asumimos que es bombero de verdad  -con su uniforme reglamentario- y que no viene de ninguna despedida de soltera). Seguramente te quedarías con cara de “¿¿cómorrr??”.

- Oiga, señor bombero, pero qué hace…

- Pues nada, ¿no lo ves? Que es mi descanso de media mañana, y a mí esto me relaja cantidad.

- Yaaa, pero… ¿por qué no quema papelitos en su casa? Que es, no sé, como menos peligroso…

- Que más quisiera yo que limitarme a eso, hijo, pero no puedo. Soy un poco pirómano y tal, me vienen las ganas y no puedo evitarlo, es donde me pille.

- Joder, pero es que encima hoy es un día de bastante viento. Se va a extender el fuego y el incendio de Roma va a ser chico al lado de éste.

- Mira, chaval, que no me des más la brasa. Si esto se me va un poco de las manos, llamo a mis compañeros que vienen con el camión cisterna y arreglado. Es que es increíble, ya no puedes ni emplear tu rato libre como quieras sin que venga a recriminarte el histérico de turno.

- …

Absurdo. Absurdo, absurdo, absurdo.

Pues eso. Que los sanitarios al menos podían quitarse la bata si es que van a fumar en la acera (lo que tampoco estaría mal a efectos de asepsia y esas cosas).

…Y qué bien se queda una después de desahogarse xDD

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Resucitando a Carnot

11 oct

Hace un momento, y después de muchísimos meses, me ha dado por mirar mi Fotolog, que sigue en el ciberespacio porque no cerré la cuenta cuando dejé de escribir (una, que es sentimentaloide). Me gustaba mucho el fotolog y la verdad es que me dio bastante rabia cuando la gente empezó a sustituirlo con facebook y tuenti (sí, se que facebook coexistió con el fotolog y blablabla, pero la mayoría de mis amigos y conocidos-yo incluida-tuvimos la “evolución” de esta manera).

El fotolog me gustaba, como digo, porque al no existir la inmediatez ni las “prisas” de las actuales redes sociales (características que por otra parte son una ventaja, ojo, no digo que no, y gracias a eso han sido una herramienta muy útil en movimientos como el 15M, por ejemplo) la gente se curraba más lo que escribía. La brevedad no era un requisito del fotolog, te permitía extenderte y hablar de lo que te diera la gana. Por supuesto, eso te permitía profundizar en el conocimiento de personas de tu entorno que también escribían sobre lo que les daba la gana. En ocasiones te hacían reír, en otras te hacían pensar, y en otras te sorprendían bastante: leyendo lo que escribe una persona llegas a descubrirla como quizás no lo harías de otra forma, y eso mola : P Bueno, ahora tenemos los blogs, pero no es un fenómeno tan generalizado como lo fue el fotolog en su día. O eso creo, siempre remitiéndome a mi entorno como “muestra”: en esa época, prácticamente todos mis amigos y conocidos tenían fotolog, y ahora no todos tienen blog. Lectores, ¿vosotros tuvisteis fotolog? ;)

Total, que repasando entre las entradas antiguas me he encontrado con ésta y la recupero para el blog: es una historietilla que siempre me gustó. Así que resucito a Carnot, pero también resucito a mi tierno e inocente yo del pasado, que empezaba 2º de carrera a finales de 2007 xD. Con ellos os dejo.

“Como aún me dura el contento por haber aprobado el parcial de física, actualizo con algo que jamás hubiera puesto de haber suspendido :P  

Se trata de una de las pequeñas biografías de físicos con las que nuestro profesor nos deleita durante alguna clase que otra, para hacernos más llevadera la termodinámica. Hoy, Sadi Carnot.

Recupero hasta la imagen del amigo

Este físico francés vivió en el siglo XIX y se considera el primer ingeniero de la Era Moderna. Hombre brillantísimo, planteó lo que hoy conocemos como “enunciados de Carnot” sobre máquinas térmicas, y calculó su rendimiento, algo que ha sido esencial no sólo para el desarrollo de la física, sino también para nuestra vida tal y como la conocemos. 

En fin, tras la breve introducción cuento lo que realmente me llamó la atención cuando lo dijo el profesor. Resulta que, por desgracia, Carnot murió a los 36 años (en 1832) durante una epidemia de cólera que asolaba Francia, dejando un montón de trabajos sin publicar. Por aquel entonces, la ley obligaba a que cuando alguien muriese por esta enfermedad se quemasen todas sus pertenencias: ropa, libros, muebles… Prácticamente todo lo que tuviese en su casa, para evitar el contagio. Como podéis imaginar, esta medida imposibilitaba que el trabajo de Carnot se pudiese publicar: debía ser quemado, como todo lo demás. 

Pero Carnot tenía unos amigos que, aunque no sabían ni una palabra de física, se daban cuenta de que él era una persona extraordinaria y genial. Así que entraron en su casa y “robaron” sus papeles para guardarlos y ponerlos a salvo, jugándosela doblemente (por un lado, estaban infringiendo la ley; y por otro, sabían que se estaban exponiendo a un posible contagio). Unos años más tarde, cuando ya tenían la seguridad de que no iban a levantar sospechas, los mandaron a lord Kelvin, en Inglaterra, que reconoció la importancia del trabajo de Carnot y lo publicó, por fin. Así es como ha llegado hasta nosotros. 

No sé lo que tendrá de leyenda y lo que no, pero me parece un relato precioso de amistad, valentía y lealtad. Cualidades tan importantes como la genialidad, en este caso, ya que completaron la obra del físico e hicieron posible que trascendiera.

Un beso!! 

P.D. Y para todos aquellos que estéis pensando que al final me meteré en el departamento de física… NO!! Jajaja :P

P.D. No dejo el vínculo a mi fotolog porque me parece que ya es pasarse con el “remember”. Y de todas formas, si os empeñáis lo vais a encontrar xD

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Sobre plantujas

7 oct

Cuando era pequeña (hace una década o incluso más tiempo), un amigo de la familia me regaló un cactus pequeñito con forma de palmera, que se había traído de un viaje a Canarias. La plantita, que venía en un tiestecillo de esos de broma (por lo ridículo de su tamaño), con los años empezó a crecer salvajemente y tuvo que ser trasplantada innumerables veces, hasta llegar al macetón que ocupa ahora, por el momento. Actualmente ya es casi de mi altura, y en esta época del año es cuando comienzan a salirle nuevas hojas y a formarse troncos nuevos. Cuando le da la gana, le salen flores amarillas, que acaban convirtiéndose en unas pelusas blancas con la semilla al final.

La susodicha

Total, que cumple todos los requisitos para considerarse “planta favorita de Virginia”: vistosa, bonita (a lo mejor no estáis de acuerdo, pero a mí me gusta y punto) y, sobre todo, fuerte como ella sola (tirando a inmortal). Ya te puedes olvidar de que existe durante temporadas, que no se seca (pocas cosas me deprimen más en este mundo que el que se me mueran las plantas, me hace sentirme una asesina).

Hará 2 ó 3 años, empecé a intentar que se reprodujera para llevarme una hijita suya a Granada. Pregunté al amigo que me la había regalado y me dijo que plantara las semillas esas de los pelos blancos, que era el modo idóneo, aunque no se acordaba de la época. Bien.  Planté las semillas en primavera, por si acaso. Las planté en invierno. En verano. En otoño. Las planté directamente recogidas de la planta materna, y también probé a plantarlas esperando un poco para que les salieran raicillas. Todas las tentativas acabaron exactamente igual: con una servidora mirando un tiesto con tierra durante dos semanas. Y encima, con fe (“pues parece que ahí ya a lo mejor asoma algo…”). Así soy yo: inasequible al desaliento y con un entusiasmo a prueba de bombas.

En fin, que acogiéndome al empirismo más elemental acabé decidiendo que igual el cactus no se reproducía por semillas, sino por esquejes. Pero claro, me daba pena mutilarle un brazo para hacer un ensayo de los míos, especialmente teniendo en cuenta el porcentaje de fracasos (100%. Superadlo, si podéis). Afortunadamente y cuando ya estaba asumiendo que mi planta jamás tendría descendencia, mi madre descubrió un lugar donde crecen hermanas suyas. Un jardín particular que pertenece a una farmacia, cosas de la vida. No diré exactamente cual por si la farmacéutica descubre el hurto, aunque no creo, porque me parece que tiene los cactus más descuidados que yo, que ya es decir. Crecen completamente salvajes.

Porque el resto ya os lo estáis imaginando. Con nocturnidad y alevosía, armada con unas tijeras y con una bolsa para guardar mi botín, me presenté allí de noche en compañía de mi madre, tan motivada como yo. Creo que somos un pelín peliculeras y que lo exageramos un poco (podíamos haberle pedido un par de esquejes a la farmacéutica y DE DÍA, como las personas normales; casi seguro que nos hubiera dicho que sí), pero la incursión tuvo su emoción, la verdad. Y además, hasta me sentía un poco justiciera: yo, una farmacéutica sin farmacia ni posibilidades de ponerla (ni ganas, en honor a la verdad) metiendo mano en el excesivo patrimonio de una colega más afortunada. Tenía todo el sentido del mundo, no me digáis xD.

Conclusión: esta vez he tenido éxito. Los palmerillas crecen a ojos vista varios centímetros de un día para otro, han echado hojas… Orgullosísima estoy de mis retoños, vaya. En breve me traeré uno a Granada, a ver si le doy color a mi terraza. Y mi planta grande, indemne.

Por cierto, lo que jamás he llegado a saber es el nombre del cactus, y mira que he buscado en internet y en distintas guías botánicas.  Si alguna vez llegáis a saberlo, acordaos de mí y decídmelo. A cambio, os puedo regalar uno xD

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Acto homenaje a los Coloraos

4 sep

Comienza septiembre y abandono poco a poco la ociosidad total de las vacaciones, lo que también implica retomar el blog, que lo he tenido un poco abandonado.

Este verano no he cumplido con la ya casi tradición de visitar los refugios de Almería y la Alcazaba (esto último ha sido por causas de fuerza mayor, porque el ayuntamiento ha suspendido las visitas nocturnas este año -tijeretazo a Cultura- y visitar la Alcazaba en verano, a pleno sol… pues como que no). A donde sí he ido, después de varios años sin ir, es al homenaje a los Coloraos, que se celebra todos los 24 de agosto. A este acto dedico la entrada de hoy.

La historia de los Coloraos (llamados así por el color de sus casacas) se remonta al siglo XIX. Tras la proclamación de la Constitución de 1812 “La Pepa”, y su posterior derogación por el monarca absolutista Fernando VII en 1814, diez años después llegaron a las costas de Almería un grupo de liberales . Venían desde Gibraltar, y desembarcaron con intención de proclamar la libertad y restituir la Constitución. Fracasaron en su tentativa y la respuesta de los conservadores absolutistas no se hizo esperar: el 24 de agosto de 1824, 22 de ellos fueron fusilados. De rodillas, por la espalda, y sin juicio previo.

En 1868, ya más calmadas las cosas (y no lo sé con seguridad, pero me imagino que tras la euforia de  la Revolución Gloriosa) comenzó a levantarse un monumento en Puerta Purchena para rememorar este hecho (posteriormente los almerienses le acabaríamos llamando “pingurucho”, por su forma). Pero en 1943, ya instaurada la dictadura, a Franco se le ocurrió hacer una visitilla a Almería y… ZAS!! Monumento destruido (qué podemos decir de la cultura de los fascistas… es tan penosa como su ideología). Por suerte, en 1987 se reconstruyó el pingurucho, esta vez en la Plaza Vieja y con mármol de Macael. Y en él se colocó entonces una placa con esta emocionante inscripción (click para aumentar):

Volvieron a realizarse otra vez los homenajes, que se habían suspendido durante la dictadura, cada 24 de agosto. Se reúnen el alcalde y todos los concejales en el ayuntamiento, invitan a alguien a que dé un discurso (que se lee dentro, mientras los asistentes al acto esperamos fuera en la plaza muriéndonos de calor) y al final salen y se colocan coronas de laurel y rosas rojas a los pies del monumento. Y una de las cosas que más me gustan es la banda de música, que toca el himno de Riego y la Marsellesa (además de los himnos de Almería, Andalucía y España).

El pingurucho

A mí me empezaron a llevar de pequeña, y ya entonces me encantaba. Recuerdo ir con mi madre, con mis abuelos y con mi tía Encarni, que era militante acérrima del PSOE, pero del de Pablo Iglesias (siempre pienso que si hubiera visto lo de estos últimos años se hubiera desilusionado -y enfadado- muchísimo). Me llevaban, como digo, y era una especie de fiesta: recuerdo a todo el mundo alegre, el calor, los abanicos del ayuntamiento que se repartían para contrarrestarlo y a mis familiares saludando a muchísima gente. La mayoría eran amigos del partido que se encontraban allí. Se contaban el hecho histórico unos a otros con alegría (aunque todo el mundo lo supiese de memoria) y se pronunciaba mucho la palabra Libertad.

Este año he ido yo sola. Se ha juntado en la plaza bastante gente, aunque menos de la que recordaba de pequeña y casi todo personas mayores. Mientras esperábamos me he dado unas cuantas vueltecitas entre los grupillos, poniendo la oreja (pocas cosas hay tan entretenidas como gente mayor hablando, en serio). Y he oído de todo. Gente contando la historia de los Coloraos, otra vez; gente hablando de la crisis y del panorama político que tenemos… menos caras alegres que antes, la verdad. Y oí una cosa que me llamó la atención especialmente: un hombre quejándose de que tocaran el himno de Riego “porque es anticonstitucional, para eso tenemos una monarquía”.

Vamos a ver. Por supuesto, soy una chica prudente y no me iba a meter a contestarle a un señor que no estaba hablando conmigo siquiera y que puede muy bien tener sus ideas. Pero: 1) a la plaza se va a rememorar y a homenajear. Además, en el caso de que le hubiera contestado, podríamos haber tenido una conversación sobre por qué tenemos una monarquía en lugar de restaurar la república tras la dictadura. Y 2) el himno no es anticonstitucional porque la Constitución no lo prohíbe (en cualquier caso sería aconstitucional porque no viene recogido, si me equivoco que algún experto en derecho me corrija). Y, ya puestos a incordiar, estamos viendo estos días que resulta que la Constitución se puede modificar sin contar con nadie (tristemente). Así que nada, que me den un tippex y si todo el problema es que el himno de Riego no está en la Constitución como himno oficial de España, pues yo lo pongo (en mis sueños… aunque me encantaría, la verdad).

En eso iba pensando cuando me di de bruces con un viejecillo con el que coincidí en las elecciones del 22M (él, apoderado del PP; yo de IU) y que se tiró tooodo el día provocándome y semi-burlándose de mí, haciendo gala de bastante mala educación. Así que, sé que es una reacción totalmente irracional la mía (al fin y al cabo, el hombre había ido al acto de homenaje, aunque sólo fuera para saludar a sus amigos del partido y concejales -ahora el ayuntamiento de Almería es del PP-), pero lo cierto es que me cabreé un poco. Si estuviéramos en 1824, ese hombre -no ya ese hombre en particular, sino gente de su ideología- habría estado de acuerdo con el fusilamiento de los Coloraos, así que la situación no dejaba de ser irónica (y un poco hipócrita también). ¿Os imagináis que dentro de 100 años hay un monumento a la gente que recibió palizas en las acampadas del 15M; y que lo homenajean personas pertenecientes a un partido heredero directo del PPSOE? (Uf, me han dado escalofríos conforme lo escribía, espero que dentro de 100 años las cosas hayan cambiado lo suficiente).

Total. Salieron los concejales y el alcalde del ayuntamiento, pusieron las coronas de laurel y la banda empezó a tocar. Tras el himno de Riego, alguien gritó el consabido y siempre esperado “¡Viva la República!”, ante el que media plaza rugimos “¡Viva!”. Las autoridades permanecieron impasibles como siempre, como si no hubieran oído nada.

Cuando acabó el acto y todos abandonamos la plaza, todavía seguí escuchando conversaciones. Una anciana estaba contando que de joven, durante la dictadura, la habían humillado cortándole el pelo. “Pero ni me callé entonces ni me voy a callar ahora” dijo, casi con fiereza. “Por eso vengo todos los años, para gritar lo que quiero gritar”.

Vivimos en un país que se cae a pedazos, pero a veces escuchas cosas así y te das cuenta de que en él todavía hay gentes grandes. Por eso, yo también volveré todos los años.

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Protección solar: imprescindible

12 jul

Por fin ha llegado el verano. Llevo ya más de un mes en Almería, disfrutando felizmente de la playa (ah, qué bien me ha sentado este junio sin exámenes) y trabajando por las mañanas en la farmacia. Precisamente a estos dos ítems (farmacia y playa-sol) dedico esta entrada, para recordar unas cuantas cosas que todos sabemos pero que no debemos olvidar.

Lo admito: todos los veranos, y éste no va a ser una excepción, soy pesadísima con la protección solar. Creo que la imagen de mi persona con un bote de crema en la mano, ofreciéndola de forma insistente (y hasta ligeramente angustiada cuando alguien no me hace caso y se expone inconscientemente) son ya una constante entre mis amigos. Y este año, con el blog, también puedo dar la brasa de forma virtual, mira tú por donde.

Empecemos por el principio, y el principio es que seamos conscientes de que sólo tenemos una piel para toda la vida (“bah, qué tontería… esta chica ha descubierto la pólvora”, pensará alguno). Pues esta idea tan simple parece que muchas personas no la tienen clara. Todos de vez en cuando pecamos de insensatos, pero de verdad que es muy fácil ir a la playa y no quemarse. Muy, muy fácil. Tan sencillo como no hacer el cafre los primeros días: no tirarse 54151387 horas seguidas y ponerse protección solar a intervalos de una hora más o menos. También es aconsejable empezar con un factor más o menos alto, 50 ó 30; y ya conforme pasen los días podemos ir bajándolo poco a poco. De todas formas, por avanzado que esté el verano y por muy morenos que estemos ya, NUNCA debemos ir a la playa sin protección, y el factor NUNCA debería ser menor de 15.

Respecto al factor de protección solar (FPS o SPF, en inglés), las distintas marcas comerciales tienen la manía de no unificarlos nunca, a pesar de que hace unos años se acordó que las distintas cremas y leches solares se dividirían en “protección baja”, “protección media” y “protección alta”. Pues como si oyeran llover, oye. Así, tenemos cremas que llegan hasta un FPS de 90, otras se quedan en 50, otras en 50+… y algunas tienen FPS intermedios que no existen en otras marcas: 20, 25, 35, 65… ¿Cuál es el factor correcto, qué diferencia hay?

Pues aquí está la verdad de la vida: apenas hay ninguna. La fotoprotección sigue una especie de curva, como vemos en la imagen. Cuanto más aumenta el FPS, la reducción de rayos UV lo hace más lentamente; es decir, que hay mayor diferencia de un FPS 6 a un FPS 15 que de un FPS 50 a uno 90. Vamos, que no tengamos la sensación de “huy, voy super protegido porque llevo un FPS 90″, porque prácticamente por encima del FPS 20 ya no hay mucha diferencia.

La otra verdad de la vida es que los protectores solares de los que estamos hablando son químicos; y sólo los físicos (óxido de zinc y talco) bloquean todos los rayos solares, es decir, ofrecen una protección solar completa (son las típicas cremas blancas que por mucho que las extiendas no se absorben bien y te dejan el cuerpo blanco. Claro, protegen porque reflejan el sol y no dejan pasar ni un rayo). Por el contrario, los protectores químicos, que son los que usamos normalmente, sí dejan pasar la radiación y no hay evidencia científica de que prevengan el cáncer de piel (por el contrario, incluso podrían aumentar el riesgo, porque dan una falsa sensación de seguridad y hacen que estemos más tiempo expuestos al sol). Pero ojo, lo que sí es cierto es que estos últimos son útiles para evitar las lesiones agudas (quemaduras) y que las quemaduras se asocian a un mayor riesgo de melanoma.

Total, que lo mires como lo mires:

  • hay que echarse protección solar. Y varias veces al día y de forma generosa, además: no vale eso de “me echo una pizquita al llegar a la playa y ya no me vuelvo a acordar en todo el día”.
  • si efectivamente vamos a pasar muchas horas en la playa, no estaría de más llevar un gorro, o mejor, una sombrilla. No hay más que fijarse en esas reuniones multitudinarias de madres que se bajan a la playa a darles el bocata a sus hijos y a cotillear, ¡levantan unos campamentos enormes de sombrillas! Tomemos ejemplo, las madres son sabias.
  • evitar las horas de mayor exposición, de 12 a 4 de la tarde.
  • por favor, por favor, los que tengáis lunares y/o manchas en la piel… aún más a rajatabla debéis seguir estos consejos. Y por supuesto, vigilad las manchas frecuentemente por si hay algún cambio, momento en el que debéis acudir al médico.

Así que no seamos tontos: este verano, protección solar a mansalva. Échaosla o que os la echen (un plus agradable ;) ). De verdad que son 5 minutos cada vez, y nuestra piel nos lo agradecerá, ahora y a largo plazo.

(*) La imagen está tomada de la Revista Peruana de Dermatología. Da una información muy buena, aquí dejo el link.

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